Problemas.
A veces nos asaltan, nos rodean. Nos machacan. A veces todo es negro. A veces no podemos controlar las cosas, por mucho que procuremos tenerlo todo en nuestra mano.
A veces parece que no hay salida, que nuestros esfuerzos son vanos, que tropezaremos siempre en la misma piedra... y eso nos hunde. Nos hace creer equivocadamente que no hemos avanzado nada. Y caemos.
Pero entonces me recuerdo porqué sigo siempre hacia delante. Por qué vuelvo a levantarme con el alma desgarrada, con los músculos agarrotados, con el ánimo por los suelos.
Porque hay un cambio. Porque esos golpes tardaron más en derribarme que la última vez. Porque la próxima vez, tardarán más en hacerlo que esta. Y la siguiente, aún más que la anterior. Porque el ser humano es capaz de todo, y siempre vuelve a curarse. Se fortalece y aprende.
Porque es muy fácil darse por vencido, y a mi me gusta lo difícil. Porque no hay reto en dejarse vencer, pero sí lo hay en errar y aprender del error. Porque es una lección que debe ser extendida, aprendida y jamás olvidada.
Porque, harto de mirar hacia atrás, hacia aquello que ha pasado y no volverá, hacia la calidez, hacia la comodidad, decidí mirar hacia el horizonte. Hacia la oscuridad, hacia lo frío, hacia lo inexplorado, abriendo paso para los que vinieran detrás. Y así fue como encontré la luz más preciosa, cegadora y radiante que haya visto nunca antes, y que no habría encontrado de otra manera.
Y es que los seres humanos crecemos persiguiendo la silueta de aquellos que consideramos grandes maestros, y a veces, sin darnos cuenta, nosotros mismos resultamos ser esa silueta que otros buscan.
Y cuando tienes esa responsabilidad, merecida o no, debes estar a la altura, ¿verdad?

A veces nos asaltan, nos rodean. Nos machacan. A veces todo es negro. A veces no podemos controlar las cosas, por mucho que procuremos tenerlo todo en nuestra mano.
A veces parece que no hay salida, que nuestros esfuerzos son vanos, que tropezaremos siempre en la misma piedra... y eso nos hunde. Nos hace creer equivocadamente que no hemos avanzado nada. Y caemos.
Pero entonces me recuerdo porqué sigo siempre hacia delante. Por qué vuelvo a levantarme con el alma desgarrada, con los músculos agarrotados, con el ánimo por los suelos.
Porque hay un cambio. Porque esos golpes tardaron más en derribarme que la última vez. Porque la próxima vez, tardarán más en hacerlo que esta. Y la siguiente, aún más que la anterior. Porque el ser humano es capaz de todo, y siempre vuelve a curarse. Se fortalece y aprende.
Porque es muy fácil darse por vencido, y a mi me gusta lo difícil. Porque no hay reto en dejarse vencer, pero sí lo hay en errar y aprender del error. Porque es una lección que debe ser extendida, aprendida y jamás olvidada.
Porque, harto de mirar hacia atrás, hacia aquello que ha pasado y no volverá, hacia la calidez, hacia la comodidad, decidí mirar hacia el horizonte. Hacia la oscuridad, hacia lo frío, hacia lo inexplorado, abriendo paso para los que vinieran detrás. Y así fue como encontré la luz más preciosa, cegadora y radiante que haya visto nunca antes, y que no habría encontrado de otra manera.
Y es que los seres humanos crecemos persiguiendo la silueta de aquellos que consideramos grandes maestros, y a veces, sin darnos cuenta, nosotros mismos resultamos ser esa silueta que otros buscan.
Y cuando tienes esa responsabilidad, merecida o no, debes estar a la altura, ¿verdad?
